De pana y boina

Por: Juan Díaz Cano, presidente de la Real Liga Naval Español
Recién finalizado el IV Congreso Marítimo Nacional, que ha reunido a los principales actores del sector marítimo español, una idea ha quedado clara a la conclusión del mismo: asistimos al inicio de una nueva revolución industrial en la que nada volverá a ser como antes. Nuevos actores, nuevos modelos operativos y nuevas estructuras tecnológicas van a dibujar un nuevo escenario en el que sólo aquellos capaces de comprender el paradigma digital serán capaces de sobrevivir a una realidad que relegará al olvido a los más rezagados.
El nuevo paradigma exigirá olvidar innecesarias burocracias, abandonar esquemas administrativos lentos y pesados y abrir la realidad económica al tan temido, por los menos aptos, concepto de libertad. Asistimos, sin ser muy conscientes de ello, a la mayor revolución industrial nunca vista, que colateralmente afecta a nuestra vida cotidiana. La vida útil plena de nuestros ordenadores apenas alcanza un año, en pocos años el coche autónomo circulará por nuestras carreteras, también en poco tiempo nuestro teléfono móvil viajará inserto en un sofisticado pequeño reloj que controlará nuestras vidas, y el dinero, para gozo de la burocracia fiscal, dejará de circular.
Si todo cambio no deja de ser un reto, este es el momento de aceptarlo. Es el momento de asumir que, bajo modelos administrativos del pasado, no seremos capaces de sumarnos al futuro que dibuja el sistema capitalista en una nueva adecuación de éste a su eterno eje rotacional: renovarse o morir. La duda que se plantea, parafraseando a Marx, es si se acabará rompiendo la letal supeditación de las estructuras a las superestructuras. Es casi seguro que en Estados Unidos y en Asia esta supeditación acabe desapareciendo. De hecho, a día de hoy, ésta casi no existe. Por el contrario, en Europa, mucho me temo, seguiremos viviendo anclados en realidades económicas obsoletas que nos impedirán jugar un papel significativo en tablero de juego.
Ahogados por una asfixiante maraña administrativa, los europeos observamos cómo los gobiernos de la UE se pierden en discusiones sobre el sexo de los ángeles mientras nuestros competidores continúan ganando la partida de la competitividad. Recientes campañas medioambientales han sembrado de dudas la actividad de la flota mercante europea. La obligatoriedad de implantación de nuevos combustibles, que no está claro sean realmente más limpios, ha obligado a los armadores a importantes inversiones en sus buques que, a buen seguro, no serán definitivas. No en vano, nuevas normativas sobre combustibles marinos comienzan a asomar por Bruselas.
Cuando una gran empresa presenta un ERE, la idea que vende al mercado es que “está perdiendo grasa”, cuando en realidad, la grasa del sistema se concentra en la Administración. Hasta que no perdamos esa grasa nuestras industrias de la mar serán incapaces de coger el tren de esta nueva revolución industrial. Y no podrán hacerlo porque la burocracia administrativa ahoga sus iniciativas. ¿Cómo van a poder ser competitivas nuestras industrias cuando su marco normativo depende de cuatro ministerios?, ¿cómo se puede defender un modelo de salvamento marítimo en el que las competencias se dividen entre más de seis organismos diferentes? No se trata de pedir apoyo ni subvención a tantas pequeñas empresas punteras españolas que pugnan por contratos a lo largo y ancho del mundo. Se trata simplemente de que las dejen trabajar.
Este perverso modelo burocrático administrativo, que nace con el franquismo crepuscular, ha creado una realidad empresarial “de pana y boina” cómodamente instalada en el sistema, que, seguramente, no entienda nada de todo lo que ocurre a su alrededor.