Manga por hombro
Juan Díaz Cano, presidente de la Real Liga Naval Española
27/02/2025
Atrapado en mi automóvil en uno de los habituales atascos de tráfico a los que el alcalde de Madrid nos tiene fatalmente condenados, busqué en el dial de la radio algo que me entretuviese y calmase mi excitado ánimo contra el citado regidor. En medio de mi atropellada búsqueda me topé con la estrofa de una canción que decía algo así como: tengo tantas cosas… y ninguna está en su sitio. Me sirvió de consuelo pensar que la cantante de aquella canción se encontraba en una situación muy similar a la que preside el sector marítimo español.
En el sector, la verdad sea dicha, no podemos quejarnos de falta de nada. Contamos con nada más y nada menos que once Ministerios, once secretarías de estado, seis direcciones generales y cerca de catorce órganos administrativos marítimos, algunos de los cuales interfieren transversalmente entre sí en el desempeño de sus intereses. Tenemos un modelo de seguridad marítima en que el participan, dentro de un confuso modelo, Salvamento Marítimo, la Armada, la Guardia Civil, Aduanas, Policía Nacional, Policía Local y, en breve, Mossos de Escuadra. Nuestro modelo de emergencia marítima exige la participación de Salvamento Marítimo, Dirección General de Marina Mercante, Secretaría de Estado, Ministerio de Transportes y finalmente Presidencia del Gobierno. Aunque, visto lo visto con el reciente desastre de la Dana en Valencia, no parece que el último paso (Presidencia del Gobierno) esté ni siquiera contemplado. Nuestro modelo portuario gira alrededor de un organismo centralizado (Puertos del Estado) que no pasa de ser un mero mediador entre los intereses particulares de 28 autoridades portuarias controladas por el poder político de las Autonomías.
Pensar que con este caos administrativo España pueda disponer de una política marítima razonable en el medio y el largo plazo no pasa de ser un brindis al sol en una tarde nublada. Y como consecuencia (perdón por iniciar una frase con Y) nuestras industrias de la mar se encuentran en fase de incontestable regresión tal y como muestran los datos aportados en el recientemente clausurado VI Congreso Marítimo Nacional celebrado en Madrid.
En los últimos cuarenta años nuestra flota mercante ha perdido 2.200.000 toneladas de registro, nuestros astilleros entregan 400.000 toneladas menos y nuestra flota pesquera ha perdido 11.300 barcos. Si a ello añadimos que el 57% de la flota mercante controlada por armadores españoles navega bajo banderas de conveniencia comunitaria, que la balanza de fletes marítimos arroja un saldo negativo anual de 10.000 millones de euros y que hace diez años España disponía de veinticinco puertos deportivos más que en la actualidad, cabe concluir que el sector marítimo español va, como se decía en el frente republicano de Madrid durante la Guerra Civil, de derrota en derrota hasta la victoria final.
En medio de todo ello asistimos a la existencia de una administración marítima caracterizada por su excesiva burocracia y poca flexibilidad; algo que, por ejemplo, está desplazando nuestra bandera deportiva española a registros como el belga, el portugués o el polaco.
Creo que ha llegado el momento de poner orden en el sector o, en caso contrario, acabaremos asistiendo en diferido a la firma del acta de defunción de unas industrias de la mar olvidadas por los poderes públicos y, desgraciadamente, desatendidas por sus propios gestores.
Se hace necesario que los representantes del sector marítimo español hagan oír su voz ante la administración y que lo hagan con convencimiento, sin complejos y sin que les tiemblen las piernas cuando se enfrenten a cualquier representante político o funcionario por modesto que este sea.
En realidad, en esto consiste liderar, lo demás (limitarse a ensalzar las bondades de la economía azul) no dejan de ser fuegos de artificio que dentro de veinte años nadie recordará porque no habrá nada que recordar.