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Un novato en la Burriac Xtreme

Redacción OutdoorActual14/11/2012
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Reconozco que desde el momento en que me vi en la lista de inscritos para correr la edición de este año de la mítica Burriac Xtrem me sobrevino el miedo. Nunca había corrido más de 2 de horas, y las tiradas más o menos largas que había hecho, de máximo 15 kilómetros, siempre las había hecho por asfalto. Y muy de tanto en cuando. La idea de correr 28 kilómetros, por montaña y con un desnivel acumulado de 2.700 metros, simplemente, me aterraba. Aun así, tenía muy claro que, al menos, había que intentarlo. El objetivo era acabar, aunque fuera andando, pero también tenía muy claro que si el cuerpo no respondía y tenía que plantarme y abandonar en el kilómetro 5, 10 o 15 lo iba a hacer.

El día no comenzaba muy bien. Había dormido poco, cenado mal la noche anterior y con las prisas no había atenido tiempo ni de almorzar. En la salida, además, me parecía que todo el mundo se podría ventilar los casi 28 kilómetros sin problemas, y ya me veía llegando a meta cuando la organización ya estuviera desmontando el chiringuito. Muchas ganas de correr, para ser sinceros, no tenía.

El comienzo, con apenas 2 kilómetros por asfalto, y con el grupo bastante junto, fue fácil. La velocidad no era excesivamente alta y la mayoría de quienes tenía alrededor, como yo, empezaron suaves para dosificar. Pronto llegaron las primeras rampas… y las primeras colas. El ritmo en estos primeros kilómetros de subida fue muy bueno, sin forzar, pero sin parar. El “trafico” era denso y se hacía muy complejo adelantar (tampoco lo intenté, para que engañarnos). Se aceleraba en los tramos de bajada y se cogían fuerzas en los de subida. Y en menos de lo esperado me había plantado en el primer avituallamiento, en el kilómetro 6, habiendo superado fácilmente los dos primeros puertos. A estas alturas mis preocupaciones y mi pesimismo en la salida se habían disipado. No desentonaba demasiado y tenía tantos corredores delante como detrás.

Ahora tocaba lo peor: primero la subida al Castillo y luego las duras rampas hasta el Turó del Cirerers. En el avituallamiento había oído a alguien comentar que si se pasaban estos dos picos bien, el resto era pan comido.

Las primeras rampas para subir al castillo asustaban, pero otra vez el ritmo, con tanta gente, era perfecto para mí. En el último tramo de pista, con más espacio para correr, apreté un poco –lo justo- y antes de los que me esperaba llegué al Castillo. Allí empezaba una bajada espectacular, y muy técnica en algunos tramos, donde era difícil relajarse y coger fuerzas. Las piernas sufrían tanto o más que en subida. Y sin tiempo para empezaba la que, viendo el perfil de la carrera, tenía que ser la peor subida del recorrido. Casi tres kilómetros de ascensión continuada, con un fuerte desnivel y un terreno muy técnico. Sin embargo, las piernas seguían respondiendo muy bien y pude coger un buen ritmo. Me uní a un grupo que mantenía una velocidad bastante regular y llegué a la cima, donde había el segundo avituallamiento, sorprendentemente fresco. Kilómetros 11. Quedaban más de 17 kilómetros pero ya empezaba a convencerme de que cruzaría la meta sin tanto sufrimiento como esperaba.

Una pausa de un par de minutos para beber un poco y tomarme un gel, y a seguir. La distancia hasta el próximo avituallamiento era de apenas 5 kilómetros, la mayoría en bajada, y les hice sin apenas problemas. A estas alturas, teniendo en cuenta mi historial, lo normal era que mis rodillas ya estuvieran al límite, pero no notaba apenas dolor. Iba tan bien que sólo paré en el tercer avituallamiento para coger un gel. Tras alguna rampa fuerte y algún que otro descenso de esos que te crujen las piernas –y los pies-, me planté en el kilómetro 20, donde empezaba la última ascensión de la carrera, con tres puertos cortos pero duros enlazados por bajadas bastante suaves que, a estas alturas, se agradecían bastante. 5 kilómetros para coronar el Mirador de Burriac y encarar los últimos kilómetros, todos de bajada, hasta la meta.

Esta última subida, como todas las anteriores, se me hizo incluso corta. No corríamos, caminábamos rápido, pero a estas alturas poco más se nos podía pedir. En apenas media hora llegamos al Mirador, y apenas un kilómetro más adelante, en bajada, el último avituallamiento. “Desde aquí todo es bajada, ya llegáis” nos decían los niños que servían la bebida isotónica. Y llevaban razón. Lo que no me dijeron es que la bajada se me iba a hacer tan eterna…y dura. El desnivel, en el último kilómetro de bosque, era considerable y los cuadriceps ya no respondían. Empezaba a sentir bastante dolor en las rodillas y, sobre todo, en un par de dedos del pié. Aun así, baje fuerte. Demasiado quizás. Y seguramente por eso se me hizo eterno el último kilómetro, ya dentro del pueblo. Una recta interminable en la que se notaba, y bastante, lo que había sufrido las piernas. Era completamente plana, pero sufría más en esos 1.000 metros que en cualquiera de los 27.000 anteriores.

Al final, 3h 32 minutos. Para mí, un tiempo espectacular, sobre todo teniendo en cuenta que empecé la carrera convencido de no acabarla… Para acabar, me gustaría felicitar a todos aquellos que están detrás de la organización de esta mítica carrera. Da gusto correr en una prueba donde la prioridad es el corredor y no los beneficios.

Raul Bernat - Team OutdoorActual

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